La batalla olvidada que afectará el futuro de Europa

En junio de 2015, la rama libia del grupo yihadista Estado Islámico difundió un comunicado en las redes sociales en el que confirmaba que se había hecho con el control absoluto de la ciudad costera de Sirte, cuna del derrocado dictador Muamar al Gadafi y puerto mediterráneo en el que éste fue linchado hasta la muerte en el otoño de 2011. Tras meses de esporádicos e intensos combates con fuerzas islamistas afines al entonces gobierno en Trípoli -considerado rebelde por la comunidad internacional-, un comando de los fanáticos logró derrotar a la fuerza de elite “Falange 166” e izar el pendón negro sobre la central eléctrica que controlaba el suministro en la zona centro-oeste del país. Los yihadistas ya habían aprovechado, asimismo, la guerra de desgaste que los regímenes rivales de Trípoli y Tobruk libraban en Bengazi -segunda urbe en importancia del país- para tender una línea de suministro desde su baluarte en Derna -ciudad cercana a la frontera de Egipto-, y para abrir una ruta hasta la población de Al Uashka, a las puertas de Misrata, a escasos 250 kilómetros de la capital. En apenas seis meses, y con relativa facilidad, los fanáticos habían logrado salir del desierto, avanzar por la costa y conseguir su mayor éxito: la conquista de un bastión en la cuenca del Mediterráneo, frente a las playas del sur de Italia.

Un año después, milicias afines al denominado gobierno de unidad libio -formado en febrero de este año por un Consejo Presidencial designado por la ONU-, fuerzas leales al Parlamento en Tobruk -que hasta la fecha se ha negado a reconocer a la nueva autoridad en la capital- y diferentes señores de la guerra se preparan por separado para intentar liberar Sirte, una batalla crucial para el futuro de Libia -y por extensión para la estabilidad del sur de Europa- que al igual que la ocupación yihadista de la ciudad apenas genera el interés de los grandes medios. Uno de los primeros en sumarse a la ofensiva ha sido el controvertido general Jalifa Hafter, un ex miembro de la cúpula golpista que aupó al poder a Al Gadafi en 1969, reclutado años después por la CIA para derrocar al sátrapa, y devenido ahora en el mayor obstáculo para la reconciliación en el país. Jefe del Ejército libio asociado a Tobruk, el general, de 73 años, ordenó hace una semana a sus hombres tomar posiciones en áreas del este vecinas a la localidad de Ben Yawad y a la carretera que conduce al este, donde cerca de dos centenares de familias que tratan de huir de Sirte son rehenes de los yihadistas. Ese frente oriental lo completan la fuerza de elite “Saika”, que también combate junto a Hafter en la batalla de Bengazi, y las llamadas “Fuerzas de Autodefensa de Cirenaica”, que defienden las instalaciones petroleras libias bajo el mando de Ibrahim Jadhran, enemigo del ladino militar. Según el diario local Libya Herald, el señor de la guerra y el líder de “Saika”, Wanis Bukhmada, llegaron la semana pasada a un acuerdo para combatir juntos en la zona de Ras Lanuf y Sidrá, principales puertos petroleros del país. Jadhran ya frenó el pasado diciembre el intento de los yihadistas de asaltar y conquistar las citadas instalaciones portuarias.

http://www.bbc.com/news/world-africa-33936291

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Más confuso se observa el frente oeste, donde las milicias de la ciudad Misrata tienen problemas para contener la presión del Estado Islámico libio. La semana pasada, al menos diez oficiales de esa fuerza murieron y cerca de un centenar de soldados más resultaron heridos en combates cerca de la localidad de Al Saed, situada a medio camino entre las dos poblaciones. Fuentes extraoficiales aseguran que en esa zona también pelean junto a los misratíes unidades especiales de Italia y Reino Unido -bajo el disfraz de equipos de asesoramiento militar. Según una conocida página web israelí vinculada a los servicios secretos, días atrás varios soldados británicos e italianos perecieron o fueron capturados por comandos yihadistas en el camino entre Misrata y Sirte. “La batalla de Sirte es crucial para el futuro de Libia. La ONU y las potencias internacionales apuestan por que una victoria permita al gobierno de unidad lograr una legitimidad y un apoyo popular que no tiene”, explica un diplomático europeo que ha trabajado cerca del Consejo Presidencial. “Pero existe también un alto riesgo de que ahonde la división política del país, ya que algunos como Hafter ven una oportunidad de fortalecer sus reivindicaciones”, advierte la fuente, que prefiere no ser identificada. “Solo una victoria total facilitaría la negociación, pero incluso sobre esa victoria hay dudas”, subraya.

En la misma línea se pronunciaba días atrás el analista francés Patrick Haimzadek en las páginas de la revista digital Viento Sur. De acuerdo con su relato, Hafter no solo persigue aumentar la presión sobre el gobierno de unidad; en sus cálculos estratégicos se proyecta la posibilidad de que el enfrentamiento con los yihadistas debilite la posición de Jadhran y la defensa de los campos petroleros de Ras Lanuf y Sidrá, que ambiciona. Además, en sus filas -apoyadas por soldados de elite franceses- han comenzado a aparecer antiguos miembros del derrocado régimen de Gadafi, huidos a Túnez y otros países de la región en 2011 a la espera de revancha. “La presencia de numerosos oficiales del antiguo régimen originarios de Sirte y de Bani Walid en el Ejército del general Haftar y el deseo de revancha -en particular de Bani Walid que no ha olvidado la ocupación y los castigos infligidos en 2012 por las milicias de Misrata- podrían reabrir las heridas de la guerra de 2011. En efecto, son muchos los que, tanto en el este como en el oeste, desearían hacer pagar a Misrata el precio de su dominación política y militar de estos últimos años”, advertía.

El primero de ellos, el propio Hafter. El general se ha posicionado desde el primer minuto en contra de la preeminencia de los misratíes y de la presencia, en cualquier órgano de gobierno, de grupos islamistas moderados emparentados con la ideología de los Hermanos Musulmanes egipcios. Desde su segundo regreso, en 2013, ha tratado, además, de explotar la tradicional división entre las dos grandes regiones libias (la Cirenaica, en el este, y la Tripolitania, en el oeste) en favor de sus ambiciones totalitarias. Primeramente, con una guerra fallida en Bengazi, capital del alzamiento contra Al Gadafi. En mayo 2014, emprendió la llamada “Operación Dignidad”, una ofensiva cuyo único objetivo era arrebatar el control de la urbe a las milicias “Majlis al Shura” y “Zawra Bengazi” -aliadas del antiguo gobierno en Trípoli- y favorecer así las exigencias del Parlamento de Tobruk en el proceso de negociación tutelado por la ONU. Dos años después, el frente de batalla apenas se ha movido y Bengazi sufre una crisis humanitaria similar a la que padecen muchas poblaciones en Siria. Cientos de miles de personas se han visto obligados a huir y se han convertido en desplazados internos. Los que aún permanecen, exponen su vida a la diosa fortuna. Esta misma semana, diez personas, entre ellas dos niños, murieron al caer tres proyectiles en la conocida plaza de Kish durante una manifestación en favor del anciano general. Escasea la comida y el agua, apenas funcionan los servicios públicos y algunos barrios de la periferia han caído en manos de bandas criminales y grupos yihadistas.

En segundo lugar, embrollando el proceso político una vez que este se desvió del camino que interesaba a su codicia. Son sus afines los que desde hace mes y medio maniobran para que el Parlamento de Tobruk no pueda reunirse e impedir así que legitime el gobierno de unidad instigado por la ONU que dirige Fayez al Serraj. Este proceso incluye una celada tendida por diversas fuerzas y movimientos del oeste para neutralizar el poder del general. Además del voto de confianza, los diputados deben aprobar el llamado “Acuerdo Nacional Libio”, firmado el pasado diciembre en la localidad marroquí de Sjirat. Aparte de permitir la creación del Consejo Presidencial, el pacto incluye un polémico artículo que exige la renuncia de todos los cargos de responsabilidad designados hasta ese momento. Incluida la dirección de las Fuerzas Armadas libias, que Hafter todavía retiene pese a las exigencias de Misrata y la oposición del ministro de Defensa del gobierno de unidad, Al Mahdi al Barghathi.

La coordinación es esencial para expulsar a los islamistas y recuperar Sirte. Y parece que está muy lejos de alcanzarse”, explica un responsable militar europeo destinado en el norte de África. “Hay voces en Trípoli que ya piden que se retrase la operación, pese a que el jefe de la Coordinadora Militar (apadrinada por el gobierno Al Serraj) insista en que está todo listo para seguir adelante. El riesgo es evidente”, agrega la fuente. Hafter, mientras, prosigue con su plan. Sus hombres ya han tomado oposiciones y librado las primeras escaramuzas en el frente este. Y él mismo ha vuelto a desairar a la ONU al negarse a reunirse con el enviado especial, Martin Kobler. Y es que más allá de los factores que introduzcan Ares y las Moiras, la probable derrota de los yihadistas –la planeada ofensiva cuenta también con el apoyo aéreo extranjero- podría al final constituir una victoria pírrica que agite aún más el actual caos, ahonde la división política y militar y abra un nuevo capítulo en la guerra civil libia. FIN

© Javier Martín

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Aplaudir al dictador (1): Libia

En 1991, el prestigioso diario “The New York Times”, publicaba una noticia que solo 16 años después comienza a cobrar su sentido completo. Citando fuentes propias, el rotativo revelaba que “350 soldados libios exiliados están siendo entrenados por oficiales de los Servicios de Inteligencia estadounidenses en técnicas de guerra”. Trasladados por la CIA a territorio norteamericano desde un país de África oriental (Kenia), el objetivo era -según la publicación- formarlos “para que cumplieran con el ansiado deseo de la Administración Reagan” de derrocar la dictadura de Muamar al Gadafi. Al frente de ellos descollaba la ambiciosa figura de un oscuro e intrigante militar: el general Jalifa Hafter, uno de los miembros de la cúpula golpista que en 1969 derrocó la monarquía de Idriss II y aupó al poder al entonces jovencísimo y ya carismático coronel.

Hafter no era un oficial cualquiera. Nacido en 1943 en el seno de una influyente tribu del este del país, había sido uno de los colaboradores más estrechos del excéntrico líder libio. Acostumbrado a maniobrar con ladina destreza tanto en el campo de batalla como en los despachos, en 1973 había sido agraciado con la jefatura de las Fuerzas Armadas y por extensión con el control de la guerra con Chad, que debía servirle para adornar su pechera y acrecentar su gloria, pero que a la postre devino en su tumba militar y política. Incapaz de hacer valer su mayor potencia bélica, en 1987 fue capturado por las tropas chadianas junto a 600 de sus hombres. Gadafi jamás quiso reconocer la derrota y optó por abandonarlo a su suerte. Algunos cronistas argumentan que, en realidad, el tirano libio aprovechó la oportunidad para deshacerse de un militar entonces tan prestigioso como ambicioso, al que observaba como una creciente amenaza. Fueran ciertas o no esas supuestas aspiraciones de Hafter, lo cierto es que la Administración Reagan optó sacar beneficio de la situación y autorizar el plan trazado por la CIA. De Niamey los cautivos libios viajaron a Zaire, donde 300 de ellos prefirieron regresar a su país. El resto fue trasladado a Kenia, donde fueron embarcados en un avión militar del Pentágono rumbo a América. A su jefe se le concedió la nacionalidad norteamericana y una casa en Virginia, muy cerca del cuartel general de los servicios de Inteligencia en Langley. En 1996, un informe del Servicio de Investigaciones del Congreso confirmaba que el general rebelde encabezaba “un Ejército para entrar en Libia” que se instruía en EEUU.

El nombre de Hafter no volvió a la primera página de la actualidad hasta abril de 2011, apenas tres meses después de que, en el ardor de las llamadas “primaveras árabes”, prendiera en Bengazi el alzamiento rebelde que finalmente acabaría con cuatro décadas de dictadura gadafista. En un prolijo artículo publicado por la revista Business Insider, el periodista Ross Buker se preguntaba si el intrigante militar no era en realidad el hombre de la CIA en Libia y lo comparaba con Ahmad Chalabi, el trapisondista político iraquí que la Inteligencia norteamericana financió, entrenó y trasladó a Irak en 2003 junto a cientos de hombres armados para gestionar el país tras el derrocamiento de Sadam Husein, y que fracasó en su intento. Hafter y sus hombres habían volado ya desde EEUU a la frontera entre Libia y Egipto, y el senador demócrata por Ohio, Dennis Kucinich, se preguntaba también si la decisión de la Casa Blanca de promover y sumarse a la intervención militar de la OTAN en Libia respondía al deseo declarado de proteger a la población civil y salvaguardar los derechos humanos, o escondía en realidad un objetivo oculto que viajaba en el petate del anciano general. “¿Cómo de espontánea ha sido esa revuelta?”, se preguntaba retóricamente el político. “El nuevo líder de la oposición militar viajó a Libia hace dos semanas, aparentemente casi al mismo tiempo que el presidente firmaba la orden de operaciones… ¿El nuevo líder vivió las dos últimas décadas en Libia? No. En un barrio en Virginia, donde no tenía medios visibles de vida. Su nombre, coronel Jalifa Hafter. Uno se pregunta cuándo planeó el viaje…. y quién es su agencia de viajes”, argumentaba.

Cinco años después, el general sublevado se proyecta como el principal escollo para la paz en Libia, y como uno de los peones que probablemente contribuirán a decidir si el país se hunde aún más en el caos que actualmente sufre, o logra iniciar el largo y proceloso camino hacia la normalización política. Jefe del llamado Ejército regular libio, vinculado al Parlamento en Tobruk -reconocido por la comunidad internacional-, en mayo de 2014 lanzó una gran ofensiva contra las tropas afines al entonces gobierno rebelde en Trípoli en la ciudad de Bengazi que en dos años ha causado cientos de muertos y miles de desplazados internos. Conocida como “Operación Dignidad” -y apoyada por Arabia Saudí y Egipto-, en este tiempo solo ha servido para ahondar la división política entre los poderes rivales de Tobruk y Trípoli, envenenar el proceso de diálogo impuesto por la ONU y abrir las puertas de la urbe a los comandos yihadistas, ahora atrincherados en algunos de sus barrios. Factor clave en la guerra que desangra el país, es también un obstáculo político esencial. El pasado 18 de abril diputados de su cuerda volvieron a boicotear la sesión en el Parlamento de Tobruk que debía votar la confianza del llamado gobierno de unidad nacional, nombrado a principios de este año por el Consejo Presidencial designado por la ONU. La razón, que el proceso incluye también una reforma constitucional (artículo 8) que exige el cese de todo cargo político o militar ejercido con anterioridad a diciembre de 2015, fecha en la que parte de los Parlamentos rivales de Trípoli y Tobruk firmaron en Sjirat (Marruecos) el llamado “Acuerdo Nacional Libio” de reconciliación. Un eventual sí de la Cámara obligaría a Hafter a abandonar el mando del Ejército y dejaría su improbable reelección en manos del actual ministro de Defensa en el gobierno de unidad nacional, Al-Mahdi Al-Barghathi, al que se vincula con los líderes milicianos y señores de la guerra contrarios al taimado general. Días antes de la fallida sesión de confianza, Saqir Al-Jroushi, uno de los oficiales que componen el Estado Mayor de Hafter, amenazó con arrestar a Al-Barghathi tras acusarle de traición por reunirse con ministros y militares extranjeros “sin el permiso del jefe de las Fuerzas Armadas”. “Hafter está en conflicto con la ONU, pero aún mantiene el apoyo económico y militar de Al Sisi y la monarquía saudí”, que le suministran las armas, explica una fuente árabe de Inteligencia. También de gran parte de la CIA, aquella que siempre ha apostado por sostener militares autoritarios en el poder. “Pocos creen que, pese a haber quedado arrinconado en el proceso que ahora aplaude con entusiasmo la UE, el general haya escrito su último capítulo”, agrega, por su parte, un diplomático en la zona sobre un pulso político-militar que amenaza con fragmentar aún más amplia división que corroe al país norteafricano.

eu-us-vultures-in-libya-latuff-2011Más allá de las evidentes diferencias de contexto, la situación actual en Libia se asemeja mucho a la que vivió Irak en los días en los que la opción Chalabi se desplomaba y las diversas corrientes políticas estadounidenses luchaban por imponer sus improvisadas y pancistas estrategias. En aquel tiempo, animadas por la declaración de George W. Bush, de que la misión estaba cumplida, las agencias de la ONU y las embajadas extranjeras comenzaron a desembarcar en Bagdad, a reabrir sus puertas y a retomar sus negocios como si la ocupación y la guerra -con sus múltiples cuentas pendientes- jamas hubieran ocurrido. Recuerdo aquellos días en que un gobierno títere iraquí, movido por el procónsul norteamericano Paul Bremer desde la acorazada “zona verde”, asumía poco a poco las funciones de gobierno en un ambiente de euforia y autocomplacencia occidental mientras desmantelaba el esqueleto de la dictadura baazista de Sadam Husein, incluido su poderoso Ejército. Apenas fue una corta fantasía. El 19 de agosto de 2003, un atentado con camión-bomba segaba la vida del enviado especial de la ONU a Bagdad, Sergio Vieria de Mello, y destruía la sede de Naciones Unidas a la que los corresponsales que en aquellos tiempos trabajábamos en la capital iraquí íbamos con frecuencia a comer. Dos semanas antes, los movimientos yihadistas -entonces aún de resistencia- habían perpetrado una ataque similar en la embajada de Jordania. Irak, invadido e intervenido por potencias occidentales, se deslizaba hacia el desgobierno y el enfrentamiento sectario en el que más de una década después sigue enfangado, y del que han salido monstruos como el Estado Islámico que ahora pervierte el Islam, mata musulmanes inocentes y atormenta a Occidente.

En el Trípoli actual, un gobierno impuesto y tutelado por la ONU trata desde hace un mes con apropiarse del poder apoyado por las naciones europeas, dispuestas a reabrir sus embajadas y retomar sus negocios pese a que ese Ejecutivo carece de legitimidad, disfruta de tantos enemigos como frágiles apoyos locales, y de que la situación de seguridad es cuando menos confusa. En la sombra, decenas de milicias mantienen los arsenales repletos de armas y municiones y venden su fidelidad al mejor postor, mientras el Parlamento expulsado, considerado rebelde, redefine su estrategia. En la parte este del país, Hafter conserva sus apoyos y chantajea al gobierno en Trípoli en busca de mantener y ampliar su poder, pese al rechazo de la mayor parte de las milicias. Y en Derna, Sirte, y otras pequeñas poblaciones de la costa mediterránea, los grupos yihadistas parecen prepararse para nueva ofensiva estival, con los vastos recursos petroleros del país como principal anhelo. Todavía asentados en el vecino -y también inestable- Túnez, muchos de los libios que en 2011 huyeron de la dictadura y del alzamiento rebelde apoyado por la OTAN se obligan aún a estrangular sus ansias de volver: conceden margen al tiempo, aguantan y rezan, con la esperanza de que “nos dejen a los libios elegir nuestro futuro“, y el deseo de que el paralelismo iraquí y la vieja historia intrvencionista y colonial que presidió el siglo XX -obsoleta y dañina- no se repitan. FIN

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Libia: la intervención militar que viene

En marzo de 2011, y en plena efervescencia de las ahora fracasadas “primaveras árabes”, las potencias internacionales sumaron una más a la lista de decisiones discutibles que han adoptado en Oriente Medio y el norte de África a lo largo del fatídico siglo XX. Asido a una obsoleta geopolítica que ha causado cientos de miles de muertes, el Consejo de Seguridad de ONU emitió la pertinente resolución “Ad Hoc” y la OTAN se apresuró a bombardear Libia con la excusa de proteger a los civiles. El alzamiento contra la dictadura de Muamar al Gadafi perdía fuelle y las tropas del excéntrico líder, mejor pertrechadas, recuperaban terreno y amenazaban con reconquistar la ciudad de Bengazi, capital de la histórica provincia de la Cireanaica y simbólico bastión de los rebeldes. La intervención militar aliada, liderada por cazabombarderos Rafale franceses, fragatas de la Marina británica y los buques de asalto anfibio estadounidenses USS Kearsarge y USS Ponce, contribuyó a cambiar el signo de la incipiente guerra civil libia. Iniciado el mes de agosto, la amalgama de grupos rebeldes ponía cerco a Trípoli, que caería apenas dos semanas después. Acorralado, abandonado y traicionado, el tirano huyó a Sirte, su ciudad natal, donde moriría el 20 de octubre de ese año, vejado y linchado por una turbamulta ciega de entusiasmo e ira.

Cinco años después, Libia es un estado fallido, sumido en el caos y la guerra fratricida, donde un fusil vale más que una vida y el futuro es un lujo en el que casi nadie confía. La muerte se ha adueñado del desierto, las balas silban cada amanecer en las calles, tristes y vacías, y el lamento de miles de ciudadanos subsaharianos, víctimas de la guerra, el hambre, la desesperanza y la avaricia de los traficantes de personas, inunda la costa y resuena como un eco desgarrador en la sorda Europa. Un inmenso almudín de armas teñido de sangre malbaratada en el que dos gobiernos igualmente deslegitimados luchan por prevalecer con la ayuda de estraperlistas de todo pelaje, líderes tribales devenidos en señores de la guerra, directivos ventajistas al servicio de multinacionales petroleras y comisionistas disfrazados de asesores extranjeros. Uno, calificado de rebelde y pro islamista, en Trípoli; y otro, considerado legítimo por la comunidad internacional -aunque carece de base legal desde el pasado 20 de octubre- en Tobruk. Enfrentados sobre el terreno, ambos están enmarañados desde hace más de un año en un trabado proceso de diálogo forzado y tutelado por la ONU que apenas ha servido para profundizar aún más la brecha que separa sus ambiciones. El objetivo declarado es consensuar un Ejecutivo de unidad nacional que colme el vacío de poder que gota a gota llenan, cada día, los grupos yihadistas que crecen en el país. Sin embargo, la ristra de informaciones y sucesos acaecidos en las últimas semanas inducen a pensar que el fin último es allanar el terreno para una nueva (e interesada) intervención militar extranjera.

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Pese a que oficialmente lo nieguen, Londres tiene militares y asesores en Misrata desde hace meses. También los estadounidenses y los italianos han enviado gente son el terreno”, comentaba recientemente un colega durante una agradable cena en Argel. “Muchos de ellos, en particular los norteamericanos, son mercenarios, trabajadores de compañías privadas de Seguridad que entrenan a milicias locales”, comentaba otro de ellos. La táctica que se persigue es antigua, y ya se puso en marcha en Siria antes de que las tropas rusas intervinieran para salvar al sátrapa Bachar al Asad, y por extensión sus vastos intereses en la zona. Ensamblar primero una fuerza terrestre local que ofrezca carne de cañón y limite la injerencia extranjera a bombardeos aéreos y marítimos, sin el engorroso trago que suponen los muertos propios de cara a la exigente opinión pública. En Siria e Irak ese trabajo sucio lo han desempeñado con esplendor (también interesado) las tropas kurdas y algunos grupos de oposición, tanto laica como islamista. En Libia se busca desde hace varios meses un entendimiento entre las milicias afines al gobierno en Trípoli, congregadas en torno a la plataforma “Fajr Lybia” (Amanecer Libia), las katibas de la ciudad de Misrata, una de las más efectivas del país, los mesnaderos del señor de la guerra Ibrahim Yidran, que defienden las instalaciones petroleras, y el antiguo Ejército regular libio, ahora leal al Ejecutivo en Tobruk. Iniciada la segunda semana de febrero de 2016, el principal escollo es aún el controvertido general Jalifa Hafter, un antiguo miembro de la cúpula militar que en 1969 aupó al poder a Muamar al Gadafi y que en la década de los Ochenta se convirtió en uno de sus principales opositores en el exilio. Refugiado durante años en una mansión cercana a la sede de la CIA en Langley, el militar, de 73 años, regresó al país en 2011, escasas semanas después de que estallara la revuelta contra su antiguo patrón. Apoyado financiera y militarmente por Arabia Saudí y otras monarquías de la península Arábiga, cruzó entonces la frontera con Egipto y maniobró hasta ser designado el pasado año jefe de las antiguas Fuerzas Armadas gadafistas, leales a Tobruk. Meses antes, en mayo de 2014, había lanzado una infructuosa ofensiva militar contra la ciudad de Bengasi -bajo control de milicias afines a Trípoli- que ha causado el desplazamiento interno de miles de personas y solo ha servido para enconar aún más el conflicto.

La ambición de Hafter de liderar el futuro Ejército de unidad libio -deseo al que se opone Trípoli- es igualmente una de las razones que obstaculizan el acuerdo político, que las potencias extranjeras ambicionan con desespero para avanzar en sus planes intervencionistas. También una de las causas de que la conjunción de fuerzas libias que anhela esa llamada “alianza antiyihadista” internacional no sea todavía una realidad. Arrinconada en Siria, donde Moscú marca ahora el paso de la guerra- las potencias mundiales han tornado sus ojos al país norteafricano, ausente de los titulares de prensa durante meses. Una reciente noticia difundida por los medios mundiales más influyentes ha despertado las sospechas de que algo se cocina entre los expertos. Días atrás, la Casa Blanca aseguró que el número de combatientes del Estado Islámico había caído en Siria e Irak y por contra había aumentado peligrosamente en Libia. Pero lo cierto es que el empuje del yihadismo es poderoso desde hace más de un año. Asentados en la ciudad oriental de Derna, vecina a la frontera con Egipto, no ha dejado de acaparar terreno desde que en hace exactamente doce meses la rama libia del EI plantara su bandera en el extrarradio de Sirte, ciudad asomada al Mediterráneo situada a unos 450 kilómetros al este de Trípoli, sin que ello supusiera grandes titulares. Desde entonces, los yihadistas han logrado asumir la mayor parte de la urbe que vio nacer y morir a Al Gadafi. Han penetrado en barrios de Bengasi, donde las tropas de Trípoli y Tobruk se desgastan mutuamente sin sentido ni beneficio. Y han establecido puestos avanzados en la histórica localidad romana de Sabratha, a medio camino entre la capital y la frontera con Túnez. Envalentonadas, a finales de enero pusieron cerco a las puertos petroleros de Sidrá y Ras Lanuf, los más importantes del país -este primer envite fue frenado por las fuerzas de Yidrán. Además, han sido capaces de contaminar su nociva influencia a las naciones de la región. Especialmente al frágil Túnez. Según las autoridades de este país, los autores de los dos atentados que segaron la vida de sesenta turistas extranjeros entre marzo y junio de 2015 eran jóvenes compatriotas que recibieron entrenamiento militar en Libia. A territorio libio también se ha desplazado la mayoría de los yihadistas tunecinos que han regresado a su patria tras combatir con las huestes del autoproclamado califa. Se calculan en casi medio millar. A su vera -y en muchos casos, bajo sus órdenes- combaten iraquíes, sirios, turcos, jordanos, saudíes, egipcios, argelinos, europeos, pero también libios.

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La reciente reunión de la alianza antiyihadista en Roma giró en torno a esa intervención. Y aunque el documento final descartó una inminente intervención, lo cierto es que se habló de que aportaría cada uno”, explica un miembro de los Servicios Secretos árabes familiarizado con el encuentro. En la capital italiana convergieron la mayoría de los gobiernos que en 2011 participaron en los bombardeos de la OTAN sobre las fuerzas de Al Gadafi (incluida España), muchos de los cuales también forman parte de la cruzada en Siria. Algunos, como el propio Túnez, se oponen a esa posible intervención, convencidos de que solo servirá para aumentar la confusión y el dolor. Aunque pocos se atreven a verbalizarlo, en el pequeño país norteafricano hay quien teme que la respuesta de los yihadistas sea saltar la porosa frontera, tomar algunas de las mal defendidas poblaciones del desierto y dar con ello un golpe de gracia a la frágil transición. Igualmente se opone Argelia, nación acuciada por la abrupta caída del precio del petróleo y por la incertidumbre en torno a la sucesión de su enfermo presidente, Abdelaziz Bouteflika, en la que la amenaza radical también ha florecido con fuerza en los últimos meses. Advertencias que, como en el pasado, la referida coalición internacional antiyihadista parece preferir obviar, anudada todavía a la concepción del mundo que marcó la pasada centuria, y que quizá se debería pensar en enterrar. FIN

© Javier Martín

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Siria y la trampa de Viena*

A mediados de noviembre de 2015, y en pleno arrebato de visceralidad por el impactante atentado de París, el autoproclamado “Grupo Internacional de Apoyo a Siria” se comprometió a acelerar el proceso de paz en ese país, falsamente convencido de que allí están enterradas las raíces del fanatismo que desde hace décadas atormenta a árabes y musulmanes, y que ahora tanto dice asustar a los líderes de Europa. Una solución diseñada y sostenida en premisas con cierto hedor finisecular que entroncan con una forma obsoleta de entender la geoestrategia mundial: aquella que apuesta por la injerencia, por imponer transiciones políticas al estilo occidental a sociedades con un alto déficit de madurez democrática, y por confiar en interlocutores con el mismo superavit de inclinación a la tiranía. Un plan atado, igualmente, a la vetusta concepción de Oriente Medio a la que aún se aferran EEUU y los gobiernos de Europa, interesadamente ciegos ante la esquina que está doblando la historia: aquella idea de fomentar bloques enfrentados al rebufo del petróleo y la industria armamentística que quedó dibujada tras el triunfo de la revolución islámica en Irán, y que tanto dolor y sangre ha causado a los habitantes de la región. Países de larga tradición democrática, como Estados Unidos o Francia, aliados con otros, como Arabia Saudí o Qatar, que ni siquiera han sentido el impulso de asomarse a ella, sentados a la mesa con imperios nostálgicos ávidos por recuperar su antigua grandeza, como Rusia, Irán y Turquía. El objetivo declarado, derrotar al nuevo enemigo: el Estado Islámico. El oculto, quizá, garantizar sus intereses particulares en el nuevo Oriente Medio del siglo XXI que parece esbozarse. Al margen de todo -y como error iterado-quedan una vez más los anhelos de las poblaciones locales, que en 2011 se levantaron con la ilusión -ahora casi desvanecida- de alcanzar al fin libertad, derechos y justicia social.

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El hecho es que el Estado Islámico, como doctrina y práctica, se ha convertido en un modelo imbatible para aquellos que en el mundo musulmán suní buscan una combinación de religión, poder y modernidad“, argumenta el periodista árabe Ali Hashem. Antiguo corresponsal de la famosa televisión qatarí “Al Yazira”, el reportero insiste en subrayar un factor que considera crucial, un elemento esencial para entender la coyuntura actual que la desmemoriadas sociedades occidentales parecen haber querido olvidar: que la amenaza del yihadismo no es un problema de hoy, sino una rémora del ayer en la que la huella de sus tejemanejes está aún muy presente. Un desafío que nació en la aciaga década de los ochenta, hunde su rizoma en la historia del medioevo europeo, está ligado al colonialismo y a la fatídica guerra fría que envenenó el siglo XX, y que se nutrió de las dictaduras árabes de tinte socialista a las que Occidente apoyó -en mayor o menor medida- en las tres décadas precedentes. “Suníes y chiíes compartían similares aspiraciones hasta que la revolución islámica en Irak en 1979 logró derrotar al Sha“, abunda Hashem. “En ese tiempo, hasta islamistas sunníes como el jeque Abdula Azzam (uno de los fundadores ideológicos de Al Qaida) celebraron en las mezquitas de Jordania la victoria del Imam Rujola Jomeini“, recuerda. “Después, se evidenció que la revolución (iraní) era más una respuesta a las ambiciones de los islamistas chiíes que de los suníes; así que la siguiente parada para Azzam y sus camaradas fue Afganistán, y lo que luego fue conocido como los árabes afganos”, concluye.

El triunfo de Jomeini y su interpretación fundamentalista de la sociedad islámica causó un impacto similar -aunque de inquietud- en Arabia Saudí, hasta entonces (casi) indiscutible caudillo del Islam suní. El mismo año que las huestes del avieso ayatolá se apropiaban de la indignación popular en Irán y la barnizaban de trascendencia religiosa, un grupo de radicales saudíes, adscritos al movimiento purista “Ijwan”, asaltaba la gran Mezquita de La Meca, la más sagrada del Islam. Liderados por Juhayman al Otaibi, un antiguo miembro de la Guardia Nacional wahabí, pretendían derrocar la tiranía de la familia Al Saud, a la que tildaban de hereje y corrupta. Al Otaibi y sus seguidores creían que la autocracia fundada en el siglo XVIII había traicionado los principios establecidos por Mahoma, y aspiraban a constituir una sociedad igual a la que, según su lectura literal de las escrituras, habitó el Profeta. Su sueño acabó en pesadilla. Amanecida la mañana del 4 de diciembre de 1979, soldados saudíes secundados por fuerzas de elite francesas y aconsejados por expertos militares estadounidenses recuperaron el control del templo tras tintar de carmesí sus albos mármoles. Unas 240 personas -entre militares y asaltantes- murieron y más de 400 resultaron heridas durante la batalla, que se prolongó dos semanas. Miles más fueron arrestadas y encarceladas los días siguientes. Al Otaibi y 63 cabecillas fueron decapitados.

Avanzado 1980, recién estrenada la guerra entre Irán e Irak, muchos de esos “ijwan” comenzaron a abandonar las prisiones y a aterrizar en Afganistán, previa escala en Pakistán. En Islamabad, y en particular en la vecina Rawalpindi, eran recibidos por jeques como el propio Azzam y miembros de los servicios secretos saudíes, estadounidenses y pakistaníes que los instruían en el combate y les facilitaban armas. Conocido como “el puente de los muyahidin”, el primer objetivo de este plan era acorralar a las tropas soviéticas que ocupaban Afganistán. Hasta que estas se retiraron, los guerreros de la yihad fueron “combatientes por la libertad” para los gobiernos de Occidente y un alivio para las dictaduras árabes amigas. Casi todas ellas aprovecharon la citada pasarela para desembarazarse de la oposición religiosa que crecía a la sombra de su puño de hierro. Sin embargo, apenas nueve años después el muro de Berlín cayó y la guerra fría que domeñaba la geopolítica mundial comenzó a perder el sentido que nunca tuvo. Los muyahidin dejaron de ser útiles, y la mayoría de ellos optaron por regresar, convencidos de que en su país serían recibidos como héroes. Poco tardarían en percibir la realidad. En agosto de 1990, tanques del Ejército de Sadam Husein cruzaron la frontera y tomaron Kuwait. Asustado ante la posibilidad cierta de que siguieran su arrollador avance hacia el sur, Riad exigió a Washington que cumpliera con el pacto secreto suscrito en 1945 y protegiera su territorio. Una defensa que el después odiado Osama bin Laden y sus árabes afganos también ofrecieron a la casa de Al Saud. Rechazados y marginados, “los guerreros de Alá” retornaron a las agrestes tierras de Asia Central en las que tanta sangre habían derramado. Allí se terminó de gestar una idea que el llamado Islam político (liderado por los Hermanos Musulmanes egipcios) había contribuido a cimentar. La de lanzar una yihad global contra los infieles -incluidos entre ellos los corruptos líderes musulmanes- que pusiera las bases para la concreción futura del único de sus anhelos: crear un estado islámico según su ancestral interpretación de los textos religiosos. Había nacido Al Qaida, la organización terrorista más grande que la historia moderna haya conocido.

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Expertos y periodistas contemporáneos insisten en colgar esta misma etiqueta a la amenaza de moda, el Estado Islámico. Pero entender y conocer a esta organización yihadista exige, en primer lugar, desprenderse de ese erróneo concepto y admitir una realidad: se trata de un sistema sofisticado, un proto-estado fruto de la evolución lógica de la quimera radical que explotó en esa década de los pasados ochenta. Mientras que “el puente de los muyahidin” fue una ambición hábilmente manipulada, Al Qaida supuso una idea fruto de la frustración y la experiencia. El Estado Islámico es, ahora, esa idea llevada a la práctica gracias a un error mayúsculo cometido por aquellos que hace cuarenta años comenzaron a experimentar con el fuego de la intolerancia religiosa. La forzada e interesada decisión estadounidense de invadir Irak en 2003, y en particular la posterior desarticulación del corrupto régimen baazista tejido por Sadam Husein dejó un vacío de poder en las provincias suníes, aprovechado al principio por Al Qaida y explotado ahora por las huestes del dictador derrocado para reconstruir desde la clandestinidad las redes mafiosas en las que la satrapía iraquí se sostuvo durante la década larga que duró el embargo de la ONU. La mezcla de ambas alumbró en 2006 el Estado Islámico de Irak (ISI), al que EEUU combatió con efectividad gracias a una alianza pecuniaria con movimientos suníes iraquíes considerados moderados. En 2010, la decisión del gobierno chií de Bagdad de no integrar a esas tribus en la estructura del Estado facilitó al ISI recuperar el terreno perdido. Y en 2011, la revolución en Siria le permitió ampliar sus huestes y su extensión territorial, clave de su desconcertante poder. El denominado Estado Islámico para Irak y el Levante (ISIS) ya se presentaba las características que tiene el actual EI, declarado por el autoproclamado califa, Abu Bakr al Bagdadi, el 29 de junio de 2014. Arraigado en un áreas de cientos de kilómetros que abarca de Siria a Irak; replicado por decenas de grupos armados que le han jurado lealtad, desde las montañas de Argelia a las costas de Indonesia, y dotado de un poderoso efecto llamada, que atrae tanto a jóvenes de países islámicos como a musulmanes y conversos nacidos y crecidos en Europa, el EI es una estructura estatal basada en una interpretación herética del Islam, con rasgos del totalitarismo y vicios de la ultraderecha, capaz de autofinanciarse con métodos mafiosos -pero también con herramientas estatales-, que gestiona un amplio tejido social, se alimenta de la frustración y se sostiene en una estructura militar que aúna con eficacia estructuras de ejército regular, tácticas de guerrilla maoista y acciones de cruel y elemental terrorismo. Es ahí donde reside su fuerza, pero también su principal debilidad. Al contrario que Al Qaida, el EI necesita un territorio que gestionar para tener sentido, y la llama de la guerra contra los infieles para pervivir.

“Para derrotar al IS, el mundo necesita golpear el corazón del grupo, y eso significa desatar la maraña de nudos que le rodean y cortar el flujo de sangre que llega a su corazón”, argumenta Hashem. “Se necesita un modelo alternativo que combata el modelo IS, un modelo que sea poderoso, moderno y que muestre un aprecio y un respeto real al Islam. Con este modelo sería mucho más fácil privar a la entidad terrorista de simpatizantes que se pueden convertir en el futuro en sus miembros“, razona.

La solución que las potencias mundiales y el resto de países implicados proponen apunta erróneamente a la poliédrica guerra siria, y obvia ese camino. Más allá de los estériles bombardeos -que causan muertes civiles y abonan el terreno a la movilización y el combate en las poblaciones que los padecen-, este plan de tres puntos no ofrece esa indispensable alternativa y solo reedita políticas que se han probado ineficaces y contraproducentes en el pasado en escenarios similares. Supone, asimismo, un episodio más de la guerra fría autóctona que sacude desde hace cuatro décadas la región: la que enfrenta al eje chií -Siria, Irán y el grupo libanés Hizbulá- y al frente suní, liderado por Arabia Saudí, principal apoyo de la oposición islamista al régimen de Bachar al Asad. El primero se establecerá en el arranque de 2016, pero en el paréntesis previo ya ha multiplicado el dolor de un pueblo sometido a la tortura diaria de la muerte. Antes de que entre en vigor el pretendido alto el fuego, todas las partes en conflicto han redoblado sus bombardeos y ataques con el objeto de apropiarse de la mayor parte de territorio posible. En especial, las mejor armadas y más cohesionadas fuerzas del régimen, que con ayuda de Rusia y de las milicias del citado eje chií no solo han obligado a retroceder a las huestes del EI en el frente este, si no a la propia oposición, tanto laica como islamista. En este contexto se enmarca el derribo en octubre de 2015 de un avión de combate ruso por la artillería turca. Desde que se intensificara la intervención del Kremlin, uno de los principales objetivos del régimen ha sido recuperar el territorio que se extiende desde la ciudad portuaria de Latakia a la frontera de Turquía. Un agreste zona en manos de la oposición turkemana (apoyada por radicales chechenos) casi desde el inicio del conflicto y que posee un enorme valor estratégico. No solo abre el pasillo hacia Idlib y las regiones del oeste de Alepo, bajo dominio opositor, si no que garantiza la seguridad para la base militar que Moscú tiene en el área, la única en el Mediterráneo. Además, impide que las fuerzas turcas creen una entidad autónoma entre ambos países, y que rebeldes y turcos compartan frontera. En el albor de diciembre de 2015, las tropas de Bachar al Asad -secundadas desde el aire por cazabombarderos rusos, y reforzadas en tierra por infantes de “Brigada Zulfikar” chií- ya se habían asegurado el control de las colinas de Bayirbucak, a escasos 15 kilómetros de Turquía. Similar situación vivió Homs, lugar en el que estalló la revolución de 2011, recuperado por el régimen este diciembre.

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Estos avances dibujan un reforzamiento de la satrapía alawí, que ha recuperado resuello, terreno y confianza de cara a la segunda fase de “la trampa de Viena”: la que debe servir para formar de un gobierno de unidad nacional transitorio -negociado por el régimen y la oposición- que convoque elecciones en un plazo de 18 meses. Solo las regiones del este, dominadas por el EI, y las zonas del noreste, donde los peshemerga iraquíes roban territorio al autoproclamado Califato gracias a la cobertura aérea que le brinda Washington, quedan lejos del control de Damasco. Una coyuntura que parece no preocuparle en demasía. La dictadura de Al Asad confía en Turquía para frenar las aspiraciones independentistas de los kurdos, pese a que estos se hayan ganado la confianza de EEUU -el presidente turco, Recep Tayeb Erdogan, ha equiparado públicamente a las milicias kurdas sirias (Unión Patriótica de Siria, PYD en su siglas en inglés), con el EI. Y en la comunidad internacional para debilitar a los seguidores del pretendido califa.

Una fase que aún esta en el aire, víctima de cuatro innecesarios años de un conflicto armado que ha sido manipulado por las potencias y desprendido de las inocentes ansias de un pueblo traicionado. Y de dos preguntas sin aparente respuesta: ¿Quién debe sentarse en la mesa de diálogo?, ¿Quién representa a día de hoy al pueblo sirio? Algunos actores parecen tener butaca asegurada -aunque su grado de respaldo popular sea cuestionable-, caso de la Coalición Nacional Siria, principal grupo de la oposición en el exilio. Y otros, garantías de que no serán convocados, caso del propio EI o del Frente al Nusra, filial de Al Qaida en el país y uno de los grupos armados más poderosos en litigio. En medio, se abre una gran paleta de grises de difícil encaje. La compleja tarea de espigar los comensales fue encomendada a Jordania, país que recibió múltiples presiones por parte de las petromonarquías del Pérsico. Tantas, que la decisión final se adoptó en Riad y se ajustó a las ambiciones saudíes. A la cabeza del llamado “Alto Comité Negociador” se colocó al antiguo primer ministro sirio, Riad Hijab. Y como jefe negociador a Mohamad Alloush, un conocido líder radical suní, defensor de la idea del califato, que contribuyó a fundar Jaish al Islam, uno de los múltiples grupos wahabíes financiados desde la península Arábiga que se sumaron a la dispar oposición siria.

Considerado terrorista por el régimen sirio y sus aliados internacionales, su ideología se aproxima en exceso a la que defienden el Estado Islámico y Al Qaida, grupo este último con el que ha colaborado. En 2013, Alloush divulgó un vídeo en el que anunciaba el restablecimiento del histórico califato Omeya en las regiones de las actuales Siria e Irak y atizaba la retórica sectaria antichií tan arraigada en el wahabismo. El ahora jefe negociador apostaba por “decapitar a los impuros chiíes” y aprovechar el actual conflicto armado en la región para “recuperar la gloria (suní) en tiempos de los Omeya.” Un elogio al odio de difícil ensamblaje cuando está previsto que los interlocutores sean regímenes chiíes (el gobierno de Damasco, y sus aliados, Irán y el grupo libanés Hizbulá), y cuando la meta es formar un eventual Ejecutivo de unidad que según el comunicado salido de Viena debe ser “secular, inclusivo y no sectario”. “Alloush, junto a otros grupos similares, son la cuota que impone Arabia Saudí y los países del Pérsico para defender sus intereses en Siria”, explica un diplomático árabe en la zona. “Son lobos con piel de cordero. Su objetivo es el mismo que el Daesh (acrónimo usado en árabe para referirse al Estado Islámico), lo único que cambia es la táctica para lograrlo. Su aparente moderación responde a esta estrategia”, advierte.

En la misma categoría colocan los expertos al grupo radical “Ahrar al-Shams”, vinculado a Arabia Saudí y Qatar, países miembros de la alianza internacional forjada por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, entre otros. Asentado en la región central de Idlib, “Ahrar al-Shams” fue formado en 2011 por un grupo de salafistas sirios, enlazados con movimientos wahabíes del golfo Pérsico, que fueron liberados por el régimen de Bachar al Asad al inicio de la revolución. Desde un primer momento, se alinearon con las fuerzas opositoras más reaccionarias, e incluso combatieron junto a sus entonces socios de Al Nusra. En 2012 y 2013 fue, junto a este último, el principal impulsor de la conocida como alianza rebelde islamista. Desde un principio abogó por el establecimiento de un estado islámico en Siria, aunque moderó y amoldó a los tímpanos de Occidente su ideología al insistir en que la naturaleza de la futura nación debería emanar de la voluntad del pueblo sirio. Aun así, reitera que todo quedará supeditado a la interpretación wahabí de la Sharía o ley islámica (similar a la que aplican Arabia Saudí o el EI). 

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Frente a este bloque radical wahabí, aliado de Occidente, Rusia ha forzado la presencia de una tercera vía, integrada por varios de los grupos laicos que fueron apartados de la conferencia opositora de Riad. La autocracia que preside Vladimir Putin ha estado extremadamente activa en el campo de la diplomacia desde que en verano decidiera defender sin tapujos al régimen sirio sumándose a los bombardeos. Desde entonces, el antiguo agente de los servicios secretos soviéticos convertido en moderno zar se ha reunido con los presidentes de la propia Siria, Irán y Egipto, con el emir de Kuwait, el rey de Jordania y el príncipe heredero de Emiratos Árabes Unidos. Ha departido con los primeros ministros de Irak e Israel y recibido al ministro saudí de Defensa. Y el pasado 18 de enero negoció con el emir de Qatar, país con el que comparte el título de poseedor de las mayores reservas de gas del mundo, y al que su ministro de Asuntos Exteriores, Seguei Lavrov, había definido semanas antes como “el gran escollo” para la paz en Siria. Putin, al que parece no interesarle una larga guerra en Oriente Medio, ha formado su propio bloque, y forzado su presencia en la próxima reunión de Ginebra, ante el enfado de la delegación opositora tutelada por Arabia Saudí. En él están presentes Haytham Manna, un profesor exiliado en Francia que fue elegido en diciembre jefe del Consejo Democrático Sirio -oposición laica- y Saleh al Muslim, representante de la Unión Patriótica del Pueblo Sirio. Este último, de ascendencia kurda, ha sido rechazado por Turquía. En una estrategia en la que el uso interesado e iterado ha desposeído a la expresión de su verdadero significado, Ankara ha argumentado que también “es un terrorista”.

La tercera añagaza, en caso de producirse, sería, quizá, casi la más dramática para un pueblo que confió en el sueño libertario. Según los expertos, la formación del gobierno de transición y la celebración de los comicios en el plazo y las condiciones ahora esbozadas servirían para legitimar, con toda probabilidad, a un régimen que durante décadas ha violado sistemáticamente los derechos de los sirios y bombardeado a su pueblo con barriles de pólvora. Con más territorio conquistado, y con una maquinaria administrativa casi inalterada -durante los años de la guerra Bachar al Asad se ha obstinado en seguir pagando salarios, pensiones y otras ayudas a los funcionarios y ciudadanos atrapados en zonas de la oposición, pese a que no pudieran trabajar, para mantener lazos y cultivar fidelidades-, el antiguo régimen seguramente batiría en las urnas a una oposición atomizada y diversa. Y cinco años de horror, muerte y sangre habrían conducido entonces a una situación similar a la que precipitó el regreso de la dictadura a Egipto. Queda aún mucha senda por recorrer. Según los expertos, Ginebra III caminará por el mismo derrotero que la intentona fracasada de 2014. Atrapada en las tácticas dilatorias del régimen, empeñado en repartir las culpas y alargar la bizantina discusión sobre terrorismo y terroristas antes de permitir que se aborde cualquier discusión que entierre las viejas políticas del siglo XX y despeje la vereda hacia la creación de una alternativa política cimentada en el respeto a los derechos humanos, único antídoto al veneno sectario que inocula el Estado Islámico.

El tiempo apremia. Tiempo de escuchar las voces de un pueblo ahogado en sangre y no el hosco estruendo de las armas. Ya que, mientras los diferentes actores discuten en las mullidas y limpias alfombras de Riad, Nueva York o Ginebra, el Ejército sirio parece avanzar imparable en un territorio sembrado de cadáveres. “Las discusiones sobre que partidos o que individuos de la oposición deben estar presentes en las conversaciones de paz puede que sea al final algo secundario frente al verdadera tendencia en Siria, que es el progreso del Ejército sirio apoyado por Rusia e Irán- a la hora robar territorio al Estado Islámico, el Frente al Nusra y otros grupos armados”, explicaba en un reciente editorial el diario digital “Al Monitor”. “Quién está ganando la batalla tiene más importancia que quién se sienta en las sillas de Viena o Génova, aunque eso no ensombrezca las muchas contribuciones positivas que el Grupo Internacional de Apoyo a Siria (ISSG) puede y quiere hacer para ayudar a la transición siria. Pero es muy posible que el final de la partida en Siria se halle en Alepo antes que en las bienintencionadas reuniones del ISSG en ciudades europeas”, concluía. FIN

  • El artículo salió originalmente publicado en el último número en papel en la revista Galde y aquí ha sido actualizado.

© Javier Martín – www.javier-martin.org

Atentado en París: ¿Y si miramos al Golfo?

El viernes 13 de noviembre de 2015, la localidad tunecina de Sidi Bouzid, cuna de las ahora atribuladas “primaveras árabes”,  fue testigo de un suceso devastador. Prendida ya la luz del ocaso, un joven pastor de apenas 14 años apareció en sus calles con la cabeza de otro adolescente colgada de la mano. Aseguran los testigos que le vieron deambular que era incapaz de articular palabra y que su mirada proyectaba un infinito vacío, un dolor abisal y desgarrador. Solo cuando el pánico dejó de atenazar su alma, pudo contar que tres hombres, armados con pistolas y machetes, les sorprendieron en la loma en la que pastoreaba ganado con su primo. Les zarandearon, les golpearon, les ataron de pies y manos, y tras acusarles de herejes, sajaron la cabeza de su compañero. Después se la entregaron y le dijeron que si en algo apreciaba su vida, debía de ejecutar la misión que le iban a encomendar: debía llevarla y entregarla a su padres como señal de aviso para todos aquellos que colaboran con la Guardia Nacional tunecina en la lucha que desde 2011 libra con elementos yihadistas en las montañas de Kasserine, un agreste área de unos 100 kilómetros cuadrados de extensión en la frontera con Argelia que ha devenido en centro de control, instrucción y adoctrinamiento de radicales provenientes de todos los rincones del Sahel.

Desplomada la noche, la barbarie había quedado sepultada en los informativos por el peso de una masacre igual de atroz. Casi al tiempo que los padres del adolescente decapitado guardaban la cabeza de su hijo en la nevera en espera del forense, al menos ocho jóvenes esparcían el terror y la muerte en París en nombre de la herejía que predica la organización yihadista Estado Islámico. Al hilo del horror, las declaraciones, los debates y los análisis apresurados, hijos de la inmediatez y el congojo. “Primer atentado del Daesh en Europa”; “cambio de las tácticas del Daesh” fueron dos de los que más fama disfrutaron. Junto a un mantra iterado: “Seguridad, más seguridad”.

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El brutal atentado en París tiene varios motivos, un contexto, y sobre todo, un origen que se debe combatir y tener siempre presente si la pretensión es diseñar un mundo más justo y seguro. El siete de enero de este mismo año, dos hombres armados sembraron igualmente el miedo en la capital de la luz con un atentado similar en nombre la misma interpretación desviada y herética del Islam que aplica el Estado Islámico. Armados con fusiles, penetraron en la sede del semanario satírico “Charlie Hebdo” y asesinaron a tiros a once personas. En su huida ajusticiaron a un policía y mataron a varias personas más en un supermercado en el que se acantonaron antes de abandonar este mundo. Aunque la acción fue reivindicada por la organización de Al Qaida en Yemen, la sombra del Estado Islámico siempre ha planeado sobre la masacre. Las fronteras ideológicas y estratégicas entre ambas organizaciones rivales son cada vez más difusas. En demasiadas ocasiones, son antiguos miembros de la red que lideró Osama bin Laden los que ahora combaten del lado del autoproclamado califa Abu Bakr al Bagdadi. Al fin y al cabo, las dos germinaron de la misma semilla.

Es el contexto, sin embargo, el que induce a pensar que la huella del Estado Islámico  también se insinúa en el atentado de enero. En aquellos días, las fuerzas kurdas, apoyadas por la aviación estadounidense, apretaban su cerco sobre la estratégica ciudad de Kobane, y el Estado Islámico sufría para retener una posición que facilitaba sus relaciones comerciales con las mafias del sur de Turquía y simplificaba la entrada de pertrechos y combatientes extranjeros. Un centro logístico, parada y fonda de voluntarios llegados de lejos, que caería en manos kurdas apenas tres semanas después. En las horas previas al ataque en París, unidades de los Peshmerga estrechaban igualmente su asedio sobre la también estratégica localidad septentrional kurda de Sinjar. Su caída se produjo casi en el momento en el que las bombas aturdían la capital francesa; la nueva derrota del EI quedó así eclipsada, ahogada bajo la hosca detonación de las balas en uno de los corazones de la nunca mejor dicho “vieja Europa”.

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La respuesta de esa Europa ha sido desde entonces tan rancia como el adjetivo que la acompaña. Tan ciega y visceral como la dañina ambición que domina la actual política rusa. Al grito de “es la guerra”, ha satisfecho la inmediata sed de venganza de sus gobernantes con duros -e ineficaces- bombardeos sobre la ciudad de Raqqa, considerada la capital del Estado Islámico en Siria. Y con la adopción de nuevas leyes más restrictivas -y de pactos para la galería-, que coartan la libertad y los derechos de los ciudadanos europeos, pero que de poco o nada sirven para persuadir a aquel que está dispuesto a entregar su insatisfecha vida por un pedazo de impostado de paraíso. Ganar la guerra contra el yihadismo que crece y se acuna en Oriente Medio, contra el racismo, la exclusión y la injusticia social que lo nutre en las ciudades europeas, demanda un cambio absoluto -y sin dilación- de las equivocadas políticas que han imperado en la geoestrategia mundial durante las últimas cuatro décadas.

Exige acabar con el siglo XX -especialmente con su segunda mitad-, con el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el comunismo que han facilitado dictaduras y extremismos que tanto dolor y muerte han infligido en las sociedades de Oriente Medio. Exige enterrar el Islam político que ha anclado a las sociedades musulmanas en la añoranza de un idílico pasado que nunca existió -sin dejarles si siquiera atisbar la modernidad y el futuro-, y superar el sentimiento de culpa asido a la II Guerra Mundial que aún atormenta Occidente, y que condiciona las relaciones con la región. Y exige, sobre todo, asentar la solución de los problemas que afronta este tiempo nuevo en el que, quizá, sea el único pilar sólido que nos ha legado la pasada centuria: la declaración desarrollada de los derechos del hombre. Siempre será lícito debatir que forma de democracia es más efectiva. Si es preferible -si es más justa o no- la que incluye la ley de Hont o aquella en que verdaderamente un hombre es un voto. Pero jamás se podrá admitir discusión alguna sobre el respeto y los límites de los derechos humanos: estos deben ser el irrenunciable cimiento sobre el que construir todas las sociedades del mañana.

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El cambio mundial requiere, asimismo, rebuscar sin cortapisas en las raíces del conflicto. Raíces que irremediablemente se hunden en el golfo Pérsico y que están asidas a la principal de las herejías del Islam, aquella que está en el ADN tanto de países como Arabia Saudí, como de organizaciones del cariz de Al Qaida o el Estado Islámico: el wahabismo. Avanzado el siglo XIII de la era cristiana, en pleno apogeo del dominio mogol sobre la antigua Persia, Mesopotamia y el Levante Árabe, Ahmad ibn Taymiyya, un oscuro ulema afincado en Damasco, estableció los principios de la llamada yihad ofensiva. En una reflexión que condicionaría a partir de entonces toda la historia del mahometanismo, declaró que no solo era lícito luchar contra los nuevos dirigentes, sino que constituía un mandato ineludible ya que su conversión al Islam crecía de sinceridad. El hombre que redefinió el concepto de yihad abogó, además, por la recuperación de una imagen prístina -e idealizada- de la religión mahometana y por una interpretación literal de El Corán, según el texto que había quedado fijado casi dos siglos después de la muerte del Profeta. Sus escritos influyeron sobremanera en un clérigo posterior, Mohamad abdel Wahab, quien en el siglo XVIII extremó los conceptos y alumbró una nueva y más retrógrada interpretación de la tradición islámica en la región del Nedj, corazón de la futura Arabia Saudí. Un oasis en pleno desierto que de acuerdo con algunos textos islámicos está maldito, ya que estaba predicho que en él nacería “la cornamenta del diablo”.

Abdel Wahab fue perseguido, expulsado y declarado hereje por sus propios correligionarios hasta que halló refugio en la corte de un señor tribal con ambiciones de conquistador: Mohamad ibn al Saud. Ambos establecieron una alianza político-religiosa que 250 años después aún sostiene y vertebra el reino de Arabia Saudí. Alimentadas por los recursos de Ibn al Saud y arengadas por la legitimidad religiosa que se arrogaba Abdel Wahab, las tropas saudíes-wahabíes pronto se hicieron con el control de la mayor parte de la Península Arábiga. A principios del siglo XIX habían arrinconado a los chiíes, que consideraban herejes, en las regiones costeras del Este -donde después se hallaría el petróleo- y en 1805 habían penetrado en el futuro Irak, donde perpetraron varias masacres que aún retumban en la historia negra de los seguidores de Ali. En las décadas siguientes, su influencia se extendería con presteza hasta las tierras altas de Afganistán, la India y el futuro Pakistán: los primeros suicidas que atentaron contra la presencia colonial del Reino Unido en Asia Central eran wahabíes autóctonos instruidos por clérigos árabes llegados de la península Arábiga.

iraniraq4La historia del reino árabe del desierto dio un nuevo giro en 1945. El 14 de febrero de ese año, escasos tres días después de la crucial conferencia de Yalta, el entonces rey de Arabia Saudí -y fundador del moderno estado- Abdulaziz Ibn Saud y el entonces presidente estadounidense, Franklin D. Roosvelt, compartieron unos minutos a bordo del buque de combate USS Quincy, que navegaba por aguas del golfo de Suez. Diversas fuentes coinciden en señalar que fue en su cubierta donde ambos cerraron un pacto de caballeros secreto por el que Arabia Saudí se comprometía a abastecer de petróleo de forma preferente a Estados Unidos a cambio de apoyo político y garantías plenas de que siempre defendería su seguridad. A lo largo del siglo XX, el supuesto acuerdo ha sido respetado de forma escrupulosa por todos y cada uno de los inquilinos de la Casa Blanca. Y se ha desarrollado de forma sostenida hasta convertir al reino wahabí en el principal aliado árabe de Washington -y de Occidente- en la región. En 1980, tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán y el intento de asalto de la Gran Mezquita de la Meca por el saudí Juhaiman al-Otaibi y sus hermanos salafistas -acusaban a la casa de Al Saud de corrupción moral, como hizo también Al Qaida y como hace en la actualidad el Estado Islámico- la relación se consolidó aún más. Arabia Saudí se convirtió en uno de los principales compradores de armas a Estados Unidos, y Estados Unidos cumplió con la promesa de defender la plutocracia saudí enviando tropas para expulsar de Kuwait al Ejército de Sadam Husein. Una década antes, y con la ayuda inestimable de Pakistán, ambos abrieron el llamado “puente de los muyahidin”: un corredor que permitió que miles de radicales islámicos procedentes de todos los rincones del mundo musulmán se formaran y se sumaran a la lucha armada contra la ocupación soviética de Afganistán. Destruido el muro de Berlín, la mayor parte de ellos regresaron a sus países donde se encontraron que en vez de ser recibidos como ´héroes, eran empujados a la cárcel o a la clandestinidad. Quienes lograron huir de las dictaduras árabes aliadas de Occidente pronto hallaron un nuevo refugio: las decenas de grupos salafistas, de inspiración wahabí, que en el tránsito entre siglos se sumaron a la red terrorista internacional Al Qaida.

Avanzado 2015, Arabia Saudí es el ajo de todas las sopas que hierven en Oriente Medio. Secundada por el denominado “Consejo de Cooperación del golfo Pérsico” (CCG) -un organismo regional al que también pertenecen Bahrein, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Qatar y que creó en 1980 para frenar la influencia de Irán-, fue uno de los principales instigadores entre bambalinas de la ilegal invasión de Irak (2003), y del error fatal que supuso la aniquilación del régimen baazista de Sadam Husein. Ocho años después, descolló como el enemigo más enconado de las mal etiquetadas “primaveras árabes”. No solo se contentó con reprimir sin compasión la que se gestó en el seno de su cansada y empobrecida sociedad. Cuatro años más tarde, es el principal valedor del nuevo dictador de Egipto: Abdel Fatah al Sisi. A su disposición puso el dinero, las armas y la influencia política para derrocar el gobierno ganado en las urnas por los Hermanos Musulmanes, y para aplastar el creciente movimiento social laico. De forma similar, dinero y armas saudíes llegan -pese al embargo de la ONU- al general Jalifa Hafter, un tenebroso oficial que participó en el incruento golpe de Estado que aupó al ahora derrocado Muamar al Gadafi, que años después se convirtió en su principal opositor en el exilio -vivió durante décadas cerca de la base de la CIA en Washington- y que casi concluido 2015 ha devenido en el mayor escollo para la paz en Libia. Tropas de Arabia Saudí bombardean sin misericordia desde hace más de un año Yemen, y a los servicios de Inteligencia saudíes se le atribuye gran parte del caos que desangra Siria. Riad fue el principal responsable de la atomización de la oposición siria en el exilio a lo largo del 2012; en su palacios espantaba la opción de que el mayor peso lo sustentara la rama siria de los Hermanos Musulmanes. Comandantes del Ejército Libre Sirio (FSA) se han quejado amargamente en numerosas ocasiones de que no les llegan las armas prometidas por Arabia Saudí; mientras que los grupos yihadistas entroncados con sociedades caritativas y religiosas wahabíes-saudíes tienen los arsenales y santabárbaras repletos. Además, Arabia Saudí ha sido, junto a Israel, el mayor y más contumaz opositor al acuerdo nuclear entre las seis potencias mundiales e Irán, país con el que mantiene un pulso político e ideológico que ha condicionado todas la políticas en Oriente Medio desde la década de 1980.

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Aquellos que ahora bombardean con saña el Estado Islámico son los mismos que han permitido que Arabia Saudí -un país de apenas 28 millones de habitantes- se convierta en cuarto comprador mundial de armas, solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y China, y por delante de potencias como Alemania, Francia o el Reino Unido. Aquellos que denuncian las atrocidades del Estado Islámico, son los mismos que negocian y protegen a un país listado entre los mayores predadores del mundo de la libertad y los derechos humanos. En Riad, al igual que en Raqqa, las mujeres no pueden salir solas a las calles; tienen vedado conducir y deben pasear cubiertas de los pies a la cabeza; no pueden viajar sin el permiso de su marido, padre o tutor, y están segregadas en la escuela, en los mercados y en el trabajo de los hombres. El voto es un derecho que han adquirido hace muy poco. En Riad, al igual que en Raqqa, no se pueden levantar iglesias ni mostrar cruces, y cualquiera puede ser apaleado y detenido por la Policía moral si pasea por la calle a la hora del rezo. En Riad, al igual que en Raqqa, se decapita en público a los condenados por asesinato, tráfico de drogas, violación, robo con violencia, apostasía y brujería. Se amputan miembros por delitos considerados menores y se corre el riesgo de ser flagelado por consumir alcohol o escribir un tweet que se considere blasfemo.

Aquellos que un día aplaudieron y animaron las “primaveras árabes”, son los mismos que callan cuando las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos denuncian que las cárceles saudíes están repletas de hombres y mujeres que simplemente piden derechos, libertad, democracia, justicia social y un sistema legal que no dependa del arbitrio de clérigos ancianos formados en una interpretación retrógrada de la ley de Alá. Aquellos que se lamentan del poder de persuasión y del aparato de propaganda del que disfruta el Estado Islámico son los mismos que han permitido que las mezquitas wahabíes, financiadas con petrodólares saudíes y adalides de una forma de Islam radical, hayan proliferado en Europa y en los países árabes. Aquellos que apelan a neutralizar las vías de financiación del Estado Islámico, son los mismos que han abierto las puertas a la inversión árabe, a la compra-venta de equipos de fútbol, de patrimonio inmobiliario, de agua europea, e incluso de deuda. Y que se pelean porque sus empresas ganen contratos en el golfo Pérsico. Los mismos que son incapaces de exigirle al gobierno saudí que frene el flujo de limosnas y de armas que asociaciones wahabíes y musulmanes a título personal envían desde oficinas y bancos del Pérsico -incluso de Europa y de otros países árabes- a oficinas y mezquitas de Siria e Irak.

Aquellos que dicen recurrir a las bombas para defender la democracia, son los mismos que han negado durante años a las sociedades árabes el derecho a vivir libres. Aquellos que durante años apoyaron a dictadores como Hosni Mubarak, el propio Bachar al Asad, o Zinedin el Abedin Ben Ali y que cuatro años después de la caída del primero de ellos, son los mismos que respaldan sin sonrojo al sátrapa que le ha sustituido, pese a que los egipcios dejaron claro que ansiaban desprenderse del yugo que les asfixiaba. Aquellos que invocan la violencia para acabar con la violencia son los mismos que permitieron que esas dictaduras y las monarquías autoritarias árabes barrieran los movimientos de oposición y no dejaran otra alternativa a la tiranía que el islamismo. Alternativa es quizá la palabra clave. Construir -y no destruir- es probablemente la esencia de la ecuación. Construir sociedades alternativas basadas en la dignidad, en los derechos humanos y la justicia social es lo que piden los ciudadanos árabes y musulmanes; sociedades en la que los jóvenes puedan atisbar un pedazo del horizonte para que no se sientan obligados a elegir entre la nada y la quimera de un paraíso impostado. FIN

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